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2009-12-18

· De paso por la Revolución

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Si algo me encanta de este espacio son las personas que pasan por ahí, siempre que voy me topo con un vaivén de gente, y pocas de ellas acceden a los establecimientos del trayecto. Esta calle no es para buscar, todo en ella se descubre solo. No obstante, suele ocurrir que cuando buscas algo encuentras lo que no, y así me sucedió.
Caminé hasta el monumental reloj guiado por un peculiar sonido que yo relacioné con el mimo color plateado que he visto aquí y en otros tantos lugares de la ciudad, y quería observarle de nuevo. Seguí el ruido, de bajo volumen pero clara dirección. Cuando llegué a la esquina del reloj y miré los cables que bajan desde arriba o suben desde abajo me percaté de que algunos oscilaban y producían un tintineo similar al del mimo, farsa que me dejó frente a la Plaza Santa Cecilia, junto al escenario donde la gente se reúne.
Ahí tocaba una banda: dos señores, un joven, una muchacha y una niña entretenían a un público más general. Miré el sombrero vaquero y los cinturones con hebillas grandes y pensé en música norteña. Miré a la audiencia y pensé en Tijuana y su mezclada y colorida población. Escuché a la muchacha y entendí menos de la mitad de sus palabras, para cantar norteñas, hablaba tan rápido como si rapeara. Entre canciones y su locuacidad di por sentado que se presentaban los fines de semana de 11 a 15 horas. Había decidido quedarme a tiempo y era uno de tantos, y es que poco a poco se congregaba más y más público y yo sólo podía pensar: o buscaban al mimo, o tienen tiempo.
Anteriormente miré públicos más activos, pero este lucía apagado y culpé al calor. Bastó con que la niña, morenita, con botas negras, jeans, camisa de cuadros rojos un sombrero y un pañuelo alrededor de su cuello cantara para que los demás pequeños se animaran a ejecutar esos auténticos movimientos que un niño considera baile, y para que la gente respondiera con una sonrisa seguida de comentarios sobre la pequeña cantante, dirigidos a la persona de a lado que, lo más probable, desconocía. Terminó de cantar y, después de adverti,r se encaminó a la audiencia con una caja en la mano izquierda para el apoyo económico y algunos CD’s en la otra mano para vender a 100 pesos o 10 dólares. Su encanto y talento cobró algunas monedas y vendió discos mientras la muchacha tomaba el escenario.
Algún personaje del público pidió la canción Dos hojas sin rumbo. La muchacha estaba preparada pare este pedido y los que vinieran. Escuchaba atento hasta que una mujer que bailaba tras el escenario me despistó, lucía “llamativa”, con su cabello alborotado, su ojo derecho color blanquiazul y el otro escondido tras el ceñido espacio de sus párpados, portaba una playera blanca pegada a su piel por causa del licor derramado de la botella que sostenía en la mano, cubría su sexo con ropa interior y caminaba descalza; naturalmente, ni todo esto ni las miradas en ella detendrían su baile, auténtico como el de los niños. Al terminar la canción, la peculiar mujer caminó por la brecha entre el público y el escenario, y con ella se van algunos pares de ojos, mientras los otros se posan sobre la muchacha, a quien le toca el recorrido de la caja y los discos. Un señor le quitó un disco a la muchacha, no para comprarlo, sino para besarlo, sugiriendo que él pasaría a bailar, tentando al resto del público, que al tiempo dejó escrúpulos y vergüenzas de lado para abrir paso al baile. Ahí pertenecen, al sonido y al baile norteño.
Y pensar que seguir equívocamente un sonido me llevaría al lugar donde ellos encontraron lo que no buscaban. Donde gente de aquí y de allá se identificarían con lo que la banda ofrecía, y descubrirían por primera o vigésima vez a quien deseaba salir en forma de baile, a quien anhelaba sentirse en casa en esta sobrepoblada ciudad, a ellos mismos, perdidos y encontrados entre la multitud.
Cuando la banda tomó un descanso, justo a lado del escenario, un grupo de cuatro personas iniciaron danzas tradicionales con atuendos indios, y atrajeron al público curioso, orientales, americanos, mexicanos… Yo caminé de nuevo hasta aquellos cables. Entonces me disponía a regresar por donde vine, cuando miré el escenario desalojado y al público entretenido con el nuevo show. Seguí caminando y me topé con el maestro que realiza cuadros de pintura utilizando aerosoles. Como la banda, amarraba a algunos con su talento y sólo obtenía la mirada momentánea de otros, porque en esta calle es parte del recorrido, descubrir algo en arquitecturas, personajes, artículos, en los burros pintados, en la gente o en nada. Un mundo completo se expone al paso de la Revolución.
Tras un momento de observar al maestro seguí caminado, giré a mi derecha en un banco y en medio de la esquina se encontraba un hombre tirado. “Ojalá tuviera dinero para llamar alguna ambulancia” –dijo un señor que también lo miró, mientras sus manos, posadas sobre el hombro de su nieto, bajaron hasta sus manos y las tomó indicando seguridad. Cargó al pequeño y siguió su camino, mientras el niño miraba el cuerpo y le hacía preguntas a quien su edad le exigía respuestas. Mientras me aproximaba al hombre en el suelo miré a un señor de aspecto tosco y vestimenta andrajosa caminando alrededor de este, ondulando dubitativamente. Decidió rápido: de la mano del hombre en suelo tomó una gorra azul, se volvió y acomodó la cachucha sobre su cabeza.
Cruzamos dirección pero no miradas, la suya se escondía bajo el visor su nueva gorra. Seguí caminado pensando en las posibles respuestas que un abuelo le daría a un niño acerca de un hombre tirado en el suelo, en por qué éste se encontraba ahí y qué motivos tuvo el señor que le quitó la gorra; entonces, a lo lejos, sin sorprender a muchos, sonaban las sirenas.

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La foto la tomé una semana después.


4 comentarios:

K a p p i e dijo...

¡Sí!
Volvieron las tabulaciones *¬*!~

Hahaha lo siento pero no me aparecían >__<
Vencí a Blog editor u-u XD

Ghostyaya dijo...

O:
Agente K!!!
Y si... o-o
los pequeños detalles son los rescatables
sabes que esta crónica me gusta mucho :3
xD

Camaleona dijo...

Plaza con vida... Y no...

Rogger Avendaño Cárdenas dijo...

Diciembre es navidad.
Feliz navidad, Kappie !!!!

:D

Abrazos

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Edgar Hernández. Tecnología de Blogger.