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2011-01-26

· Indocumentados

Bien, quizá hoy escupa un poco de mí, así que pueden dejar de leer cuando gusten y pasar a comentar lo bueno de la foto (lo demás no lo leo, jajá; miento). Bueno, esta foto tiene una historia con un toque de suspenso, o al menos así se sentía cuando la tomé, y me disculpo si las palabras no logran reflejarlo. Yo cruzaba por el puente que una al Palacio con Plaza Río, aunque iba del otro lado, hacia el CECUT. En aquel entonces no sabía que los homeless convivían ahí, aunque las señales («siempre estaban ahí») debieron ser suficientes. Desde el puente miré el asiento, y quise bajar para fotografiarlo, con todos los nervios con que una persona va hacia donde se puede encontrar cualquier cosa. Parecía vacío pero no. En sí, eran tres “compartimentos”, el que se ve completo es el del centro. En el que se alcanza a percibir a la derecha, había alguien, lo sé porque gruñía como yo imagino que gruñen los ogros y parecía que lavaba la ropa (desde el puente había visto ropa sobre un tendedero improvisado). Caminaba con cuidado para no hacer ruido, había agua, arena, plantas, basura, y sorprendentemente no había hedor. Me dispuse a tomar la foto, y cuando iba a disparar, la arena se desmoronó y yo me resbalé, pero al parecer la persona del compar-timento de al lado no escuchó. Me volví a acomodar, la tomé, y salí casi-casi corriendo.
Los homeless siempre llamaron mi atención desde que leí que los vagabundos eran dueños de la libertad. (Y sí, he soñado ser uno.) Un año después, un compañero de la universidad expuso su tema de investigación, que hablaba sobre los indocumentados del Río (los de abajito del puente), y bueno, sólo diré que se trata de una pequeña utopía a la vuelta de la esquina. Toda la exposición recordé la clase con Pepe Rojo, sí, “Los desposeídos” y “Living the utopia”. (Todas las clases, para casi todo siempre desde entonces, recuerdo a Rojo.) Era muy similar. Gente que compartía el trabajo, el alimento, el conocimiento. Recuerdo que me enojaba con una compañera porque decía que las utopías eran imposibles, y yo, soñador empedernido, decía que sí (en “Living the utopia” se logró por un tiempo, vean ese documental si no lo han hecho). El golpe fue cuando el profesor dijo que realmente eran imposibles, y yo, que lo admiro y es un ejemplo, casi le lanzaba con la compañera. Su argumento fue el tiempo y el inevitable cambio, pues todo cambia y la estabilidad de la utopía se volvía controladora y monótona y absurda respecto a la comunidad (como en “Los desposeídos”). Por suerte, yo no consideraba la estabilidad como un elemento clave de la utopía, y así pude sobrevivir a tal ataque, jajá. Más bien, la imagino con disposición a éste. Pero en la utopía que imagino no existen muchas cosas, tan sólo lo básico. Quizá el rechazo al cambio se debe a la pérdida del centro; sin embargo, en un lugar donde el conocimiento y el trabajo se comparten, donde todo se comparte, no hay razón para tal cosa. En sí, lo único que cambiaría para mí son las artes, las artes como medio de expresión y solamente éso.
Pensé, en ese momento, que quizá una de las razones por las que esa utopía (la de los indocumen-tados) funcionaba era la constante rotación de los miembros que la integran. Miguel (quien expuso sobre ellos) decía que la mayoría eran personas que habían intentado cruzar al otro lado, y que terminaron ahí. Siempre se unen, trabajan informalmente en la línea, y cuando tienen chance, lo intentan de nuevo. De modo que nunca son los mismos, pero la dinámica parecía estable: trabajaban, comían, leían el periódico completo, mucho ocio. Sin papeles, el gobierno los tiene desatendidos, las autoridades los maltratan (“mala imagen para la ciudad”; ajá), y creo que quienes los apoyan son grupos de iglesias y similares, con comida y ropa.
También pensé en la situación. En “Los desposeídos”, la autora crea una sociedad que sobrevive en circunstancias precarias, y el progreso en cuestiones materiales/económicas es bajo, pero, digamos, espiritualmente, son la onda. Y Shevek, el personaje principal, argumenta varias veces que es el dolor lo que une a la gente, y es precisamente la situación de su sociedad anárquica la que los mantiene unidos. Como si las penas y la vida fueran más sencillas así. En la pequeña utopía de los indocumentados, la situación es similar y ésta los une. Supongo que también han pensado en los desastres naturales. Ya saben, cuando ocurren, todos son bien unidos y cooperadores, y entonces no existen las distinciones de ningún tipo. Como la muerte, la muerte no se la deseamos ni al enemigo. ¿Por qué el dolor? El dolor une a la gente, y el dolor es lo que más se esconde.
Y no lo sé. Según yo el mundo no es feliz, el mundo duele, y pareciera que ahora también el dolor divide. De verdad me parece un chiste. ¿Han escuchado cuando la gente dice que la vida requiere sacrificios, que hay que sufrir para ser felices? En serio, qué broma. Para mí no vale la pena. Por eso (al igual que la familia) este mundo parece haber perdido todas mis esperanzas. Y a veces me da coraje, ¿saben?, porque no sufro. No tengo razón para sufrir desde que renuncié a este mundo sufrible. Y no me quejo, tampoco, de lo que tengo, aunque no es lo que quiero. Qué insufrible. En todos estos mundos, yo siento que la gente se miente, se miente, y se cree la mentira, y así logran vivir. Y yo, por más que quiera, no puedo mentirme. Y trato, poco a poco, de crear un mundo, y esta felicidad que siento, compartirla.
Una vez en la clase de Rojo hablaban de Dragon Ball (bueno, era una plática alterna, no parte de la clase). Amaury dijo que los enemigos aparecieron en el orden adecuado, “porque si Cell hubiera aparecido primero, hubiera matado a todos”. Yo siempre he creído que Rojo apareció, también, en un momento apropiado para mí, y cuando dejaba de creer en todo, él me dio razones. Pero sí, a veces me molesta, porque me mostró la verdad, pero últimamente no he sabido qué hacer con ella. (Por eso nunca me despedí, me rehúso a aceptar que se acabó.) Lo bueno, pensaba hace unos días, es que aún quedan centros donde la vida se vive (y la verdad pasa, tan natural, como el día y la noche).


8 comentarios:

Un tipo dijo...

Siento si parece que no tiene coherencia, pero escribía como pensaba, y ya saben cómo es cuando llegan las ideas.

La foto la tomé porque tenía cosillas tan comunes que, poniéndole techo, sería el cuarto de un adolescente desordenado. Como casi todas las fotos de ese rollo, ésta tenía una mancha (aún se percibe) más o menos en el área central superior, porque estaba "a contra luz", pero estaba nublado y no veía ni sentía el sol. XD Le corregí poquito con Photoshop. :)


Saludos.

Elena Lechuga dijo...

La imagen me encanta.
Lo que piensas me parece coherente, pero no termino de estar de acuerdo. No hay libertad en ese tipo de vida, y por lo tanto no es utópica desde el momento en que no es escogida. Son obligados a estar ahí, por lo tanto no hay libertad en ello; de hecho buscan pasar la línea como tú mismo dices.
Creo que es bueno tener pensamiento utópico, pero no por éste en sí mismo, si no porque unido al sentido práctico obliga a buscar formas de implantar ideas en lo real.
Muy estimulante tu pensamiento!
Saludos

Johnny dijo...

Esta claro que este no es tu lugar. Yo tambiem me siento desubicado y desprecio la insensiblidad de los demas que son capaces de conformarse con comer , fornicar, drogarse un poco y tener una ocupaciçon alienada y parecer que son felices o a lo mejor lo son de verdad, aunque no me lo creo.
Un abrazo

Irredento Urbanita dijo...

Te rehúsas a aceptar que se acabó, yo me rehúso a despedirme, lo hago de la boca para afuera. Pero tampoco avisé que iba a llegar, eso es lo bueno.

Un abrazo

Valery

[Barcelona Daily Photo]

Un tipo dijo...

@Elena: bien, no puedo estar de acuerdo en ello, pero no te culpo porque no detallé profundamente como mi compañero expositor; como dije, escribía según pensaba. XD

En fin, podría decir que es una elección y una renuncia, aunque no una renuncia absoluta (tampoco yo lo hago, supongo). Su principal renuncia es a la economía mexicana, y eligen la americana. La utopía, en sí, supongo que es la relación solidaria de los indocumentados, y es, como la ciudad, "de paso".

@Johnny: sí, a veces creo que debí estar en otro tiempo, aquí, siento que no pasa nada; pero pasa, y la gente pasa con todo

@Irredento: jajá, bastante convincente. :]


Abrazos apretados, bloggers.

Lola Sanabria dijo...

Este es un relato escrito con las tripas en la mano, o así lo veo yo. ¡Qué sería del mundo sin las utopías! Ayudan a mejorarlo, sin duda. Buen alegato, Edgar.

Abrazos de finde.

Lady Godiva dijo...

Las utopías yo las veo como un imposible, sí; pero lo rescatable de ellas lo percibo a través del sentido humanístico con que fueron creadas: una colectividad con un fin común, con los mismos derechos y las mismas posibilidades de subsistencia. El ideal es interesante.

Segundo pero: forzosamente para su instauración debe consolidarse una jerarquía (un líder para organizar la "comuna"); por desgracia, la mayoría querría el tan anhelado puesto y, al final, surgirían estratos; luego, envidiosos e inconformes. O sea, el prejuicio le da en toda la madre al concepto. Y ¡zaz! entonces su tipo de vida también sería contradictoria porque, si son anarquistas, entonces ¿para qué buscar el amparo en otro gobierno? ¿"utópico" en EE.UU? ...hmmm

Bueno, ése es mi punto de vista. Por cierto, estupenda la forma de involucrar la crónica de tu foto con un problema social. Me encantó.

Un tipo dijo...

@Lola: bueno, hay que ventilarlas cada cuanto. :)

@Godvia: sí, las utopías son humanas. Sobre el punto de la jerarquí, Miguel explicó que no había como un líder establecido, generalmente el más acá era el que cocinaba, porque... pues hacía de comer, y en ese caso podría no hacer otras labores y cosas así. No era una posición que provocara competencia, pero sí se rotaban los ocupantes. Igual dijo que pocas veces había desacuerdos (uno conoce la buena comida, después de todo), y cuando los había se resolvían platicando. (Mencionó sobre cuando ellos tomaron fotografías, y unos se enojaron, a pesar de que el resto les había dado permiso; pero ellos no sabían. Al final se disculparon y las fotos se permitieron para todos.)


Gracias a las dos, un abrazo utópico.

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Edgar Hernández. Tecnología de Blogger.