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2011-01-21

· La vida en una bala [parte 2]


Tendió su mano hacia mí, y cuando la tomé, me desvanecí. Al despertar estaba en un cuarto con poca luz, y un trapo mojado sobre la frente. “Parece que has despertado, por fin”. Escuchaba su voz pero veía todo un poco borroso. “¡Hermano, ya despertó!”, gritó. Pregunté por la locación, pero me dijo que continuara reposando, que estaba bien. Me contó que ya me había visto antes, trabajando en las calles, pero no pensaba que estuviera solo. “Aquí no puedes andar solo, la calle no es libre”. Alguien entró por la puerta y ella salió.
Luis, como se llamaba su hermano, me aceptó con los suyos. Todos eran personas que, por una u otra razón, habían quedado sin hogar, y habían hecho del exterior su mundo. “El resto puede quedarse con sus casas”. Todos los vínculos mermados de la sociedad a la que habíamos pertenecido no importaban aquí, pues la mera unión era lo que nos permitía sobrevivir. Trabajábamos informalmente en las calles, ya saben, limpiando autos, vendiendo cosas, entreteniendo y demás. Si se ganaba dinero para conseguir suficiente alimento para el grupo estaba bien, y si no, recurríamos a otros métodos, más… fuera del margen de la ley. “La ley nos saca”. Luis me entregó el arma. Me dijo que en sí no se usaba para matar, era más una técnica de oportunidad e intimidación, si se disparaba era al azar, y ninguna persona moría por bala, simplemente daba paso a la huida, al éxito, a la vida. “Pero tú podrías ser el primero”, me advirtió. “María jamás había traído a nadie aquí, eres el primero. Siempre te veía trabajando en la calle. Mira, yo sé que le gustas, y si la lastimas, yo te mato”. Y yo entendía perfectamente. De todo el grupo, María era la persona más querida. Y no estaba bonita, todo lo contrario, y el andrajoso estilo de vida que llevábamos no ayudaba mucho. Pero había algo en su mirada, en su sonrisa, en su voz, incluso en su roce, que le daba sentido a la vida, y hacía pensar, de alguna forma y a pesar de la miseria, que valía la pena vivir. “Esperanza”, así le llamaba. Es lo que mi madre decía que La Virgencita le daba, es lo que ella nos daba a todos; pero ella era real. Yo también llegué a amarla, pero ese tipo de adoración, la adoración que todos le teníamos, no me dejaba ser más que una especie de hermano, y hacer todo ésto porque ella esté bien. “Un Luis pequeño”, me decía. Y éso me honraba, por un lado, y por otro, me mataba, sentía el disparo aunque ella nunca usaba armas. Era algo extraño, porque cuando yo disparaba, pensaba en ella, el único motivo por el cual valía la pena.
Con el tiempo llegué a valorar ese acto. Es decir, en el pueblo, pobre, era poco lo que uno podía hacer: sólo cosas de pobres, un margen muy limitado. Aquí, con ellos, uno lograba sobrevivir disparando. “Somos como balas, ¿sabes? Una bala que no da en el blanco, es una bala perdida. Una bala cuenta sólo si acierta. Técnicamente nosotros no disparamos, nuestras balas no son. La gente que no encuentra su blanco tampoco vive. Tienes que vivir, y aferrarte al primer blanco que te dé vida, a María, a nosotros”. Y cuando Esperanza murió, sobre todo Luis y yo, nos sentíamos como balas atoradas en el arma tras el disparo, y la vida… la vida se había escapado.
Ya habíamos estado en la cárcel anteriormente, aquella era la primera vez para Esperanza y para mí, no para Luis y los demás. No hay peor lugar que ése, ya saben, afuera, la vida nos ignora, pero ahí, en su imperio, la autoridad es violenta e irrespetuosa. Ser encarcelados es de las principales situaciones a evitar, pero aquellos bastardos nos delataron. Luis dijo que entramos a robar al lugar que ellos habían planeado hacerlo, y que nos reportaron a la policía para ellos poder cometer el delito en otro sitio mientras la ley se ocupaba de nosotros. Y nos rodearon. Cualquier resistencia sería inútil. A todos nos llevaron, y allá, fuimos maltratados. Ya saben, nadie iría por nosotros, y a la autoridad le dábamos algo qué hacer; o le dábamos “ser”. Uno podía ver la superioridad que les hacía sentir el poder ejercer violencia en nosotros. Pero a Esperanza le afectó más. Ellos le robaron toda la vida, y mientras sus ojos se llenaban de satisfacción, los de ella se apagaron. La última vez que la vimos, nada había en ese cuerpo, ni en sus ojos aún abiertos y tiesos. Ellos dijeron que no había querido comer, pero sus compañeras, nuestras hermanas, contaron entre lágrimas cómo fueron abusadas y sometidas sexualmente por los policías. Debió morir de dolor y vergüenza. Nuestra Santa murió en manos de la autoridad, los protectores. Desesperanza total. Nadie quiere vivir en un mundo así. De éso debió morir ella: desesperanza.
“Eso no se hace. Incluso si no pertenecemos al mismo grupo, somos iguales”, dijo Luis. Estábamos ciegos, también, por desolación. Y habíamos entrado a su sitio, queríamos venganza, ya saben, que todo acabara. Fue insensato, lo sé. Íbamos él y yo, y nada más. Nuestro objetivo era “El Bato”, como le decían a quien nos delató. Luis lo sabía porque él se lo dijo cuando estábamos encerrados. Queríamos emboscarlo cuando estuviera solo, y así parecía, pero sus compas salieron de la nada, como si lo esperaran. Y empezamos a correr. Por las calles oscuras, entre las casas y callejones, hasta que nos topamos uno sin salida. Una barda se levantaba alta y nos obstruía el camino. “Lo siento”, me dijo. “Descuida —le respondí—, yo debí haber muerto hace cuatro años, es tiempo de que pague”. “¿Qué dices?”, responde, confuso pero algo exaltado. “Ustedes, tú y tu hermana, el grupo y mis padres, me dieron vida. Es mi turno, Luis. El grupo necesita esperanza de nuevo, ¿sabes? Un líder. Vamos, sube a mis hombros y huye”. “No es justo”, me dice, y nos estrechamos. “Lo sé, pero no puedes nada más esperar por justicia”. Luego se fue.
Solo, buscaba otra salida, pero nada. Entonces escuché los pasos, luego las voces. “¡Aquí está uno, que no se escape!”. Me rodearon, eran 6, y tres cargaban armas. El Bato se quitó la pañoleta de la boca, y fue cuando lo reconocí: era el mismo que mató al padrecito, el que me dejó sin dinero, y luego, indirectamente, sin Esperanza. “No debieron meterse en nuestra zona”, sentenció. Intenté disparar en un movimiento rápido, pero ellos jalaron el gatillo antes. Todo se tornaba borroso y caí de espaldas. La luz de la lámpara me cegaba. En ese momento miré a Esperanza. Bajaba hasta a mí. Cogió mi cara entre sus manos y me besó. Nuestro primer beso. “Está muerto”, dijo uno tocándome en el cuello; pero yo simplemente no lo sentía. Bendita ella, me puso play.


12 comentarios:

Un tipo dijo...

Hola a todos :)

Está lista. Quería poner la primera parte en un "spoiler" (botón de mostrar/ocultar, o como se llame) pero no encontré un código correcto o no supe usar ninguno, XD.
Si alguien conoce la forma de hacerlo, pues le agradecería que me enseñe, para futuras ocasiones. :)


Que tengan un excelente 'finde'. :D

Lola Sanabria dijo...

¡Qué triste historia de desesperanza! Real como la vida misma.

Besos volados y buen finde.

.A dijo...

cuando tomé su mano.. me desvanecí..
aquello no era más que un sueño..
y ella no estaría nunca a mi lado ..

Maite dijo...

Buen texto, Edgar, que tengas un excelente finde

Un tipo dijo...

@Lola: ¿triste triste realidad?, jajá.
Un poquito más redundante, y es el apocalipsis.

@.A: mira que no había puesto atención a eso, pero así lo parece.
Buena interpretación. :)

@Maite: gracias, e igualmente. :)


Abrazos reales. :D

[abriL g karera] dijo...

Acabo de descubrir que respondes los comentarios !! jaja Fail por mí.

Me gustó bastante el final. Esa frase la resume toda. Es verdad y sí me parece triste, que esta vida no sea la vida que esperamos, que no hallemos ni esperanza, ni creencia ni propiamente vida y tengamos que morir (bueno, mucho reflejo) que tu personaje tenga que morir para hallar la esperanza. Buen cuento.
Y no, no fue lo que esperaba, lo cual me alegra mucho n.n

Saludos

Xaj dijo...

A Tarantino le encantaría filmar la historieta.

Saludos che.

Malena dijo...

Hermosísimo. Me "comí" las dos partes. A veces, se nos va la vida esperando.

oscilacionespendulares.blogspot.com dijo...

Es buena, si
Mucho.
Saludos

Anónimo dijo...

me encuentro aqui sin nada que hacer, y de pronto..
“El resto puede quedarse con sus casas”!!
me gusto, siento que refleja la cruda y fria realidad, buen trabajo señor xDDDDDDDD

Un tipo dijo...

@Abril: jajá, me ha pasado muchas veces, es un fail compartido. Me alegro que te haya gustado, y la esperanza, he pensado que se encuentra dándola. Seguiremos "buscando". :)

@Xaj: jajá, sería un honor, me recuerda a sus aires.

@Malena: me gustó lo de "comí". :) Así es, y aunque la vida quizá se trate de esperar, pues hay que hacer el algo entre tanto.

@Antonio: gracias, un placer. :)

@Anónimo: no es justo, usa nombre, xD. ¿Martiza? jajajaja.


¡Abrazos felices!

peqas dijo...

buena historia,no pude evitar "crear,la peli" en mi cabeza. muy buena.

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Edgar Hernández. Tecnología de Blogger.