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2009-06-20

· Oscilaciones

En aquella colonia no vivió una familia de tanta pobreza, tanta riqueza y tanta estabilidad económica. Tampoco existió una tan unida, tan dividida y mucho menos tan desconocida entre sí. Fue una familia trascendente; no ha muerto, pero ya no es familia en el sentido tradicional. Son conocidos más para algunos, un número para instituciones que registran la cantidad de personas en determinada área, un padre y madre que ya no lo son, cuatro prostitutas más en el prostíbulo apenas emergido en la ciudad. Su plan no consistía en pasar por todo lo que pasaron, pero así pasó.
La familia acababa de mudarse y alquilaron una casa tan decente como los otros hogares de la periferia; por lo que su llegada no fue el gran tema. La residencia contaba con un patio trasero grande, pensado para las 4 hijas, una cocina eficiente para la mamá y un aparcamiento para el taxi del papá. En medio del patio había un árbol, fuerte, verdoso y de altura considerable. El tío de las pequeñas les prometió otro árbol para poner la –también prometida– hamaca. ¡Sería un columpio para cuatro!
Todo marchaba bien hasta que el precio de la gasolina aumentó y el gobierno exigía una cara remodelación en los taxis públicos, para la que no ofrecía ni un descuento, entonces el padre perdió el trabajo. Durante un tiempo, la madre trabajó de sirvienta en las casas de la colonia, hasta que la cacharon con un patrón y ya ninguna mujer la contrató por miedo a perder el marido. La economía quebró, eran la familia más pobre, sus posesiones se limitaban a aquel árbol del patio, del que tuvieron que comer todas las hojas y la mayor parte de su corteza. La apariencia del árbol era tan exangüe que reflejaba la situación de la familia, y desde entonces se relacionaba a los árboles con la economía.
Cuando el tío trajo el árbol y la hamaca prometida, surgieron algunas ideas. Podían comerse este árbol también, podían vender la hamaca, podrían vender ambas cosas… ninguna de ellas los sacaría de la pobreza. Plantaron el árbol, que tenía hojas tono sepia por el otoño. La menor de las niñas moría de hambre y chupó una hoja que se había desprendido del árbol. Sabía rico, no hizo gesto alguno de disgusto, sólo tomó otra hoja. Entonces los padres idearon el plan con el que recobrarían su situación económica. Extendieron la hamaca y cada mujercita sostenía una esquina de esta. Sobre la hamaca alzada colocaban las hojas del árbol y los padres vertían agua sobre estas, de forma que el líquido se filtraba hasta caer en recipientes. Crearon el mejor té que los vecinos o la ciudad… no, ¡que el universo hubiese probado o concebido! El primero paso después de su invento fue plantar dos árboles y poner la hamaca para las niñas, les tomaron una foto montadas en ella y ese sería el logo del “Té la Hamaca”. Después industrializaron el proceso y se convirtieron en la familia más adinerada de los alrededores –porque no se mudaron–.
Se mantuvieron así por un tiempo, hasta perder el control. La familia más rica y unida comenzó a dividirse. La mayor de las hijas no cedía la hamaca (símbolo de prosperidad y unión familiar) al resto, porque según el tío la quería más a ella, y eso le daba el derecho de hacer lo que hacía. El padre casi nunca estaba en casa, se la pasaba negociando. Cuando discutían el tema de la hamaca, el padre le daba la razón a la mayor y la madre a las otras; por las noches dormían separados. Tal era el grado y consistencia de la disputa que el padre engañó a su mujer con una contratista, y la madre volvió con aquel patrón con el que se había acostado. No volvieron a verse o hablarse y ninguno quiso a las niñas, quienes se quedaron solas en la colonia, la cual ya había sido deshabitada y moldeada para ser basurero.
Vivían, las cuatro nenas, entre los deshechos de la ciudad. Ninguna persona o ser visitaba el lugar (de hecho, la basura era depositada desde el aire mediante helicópteros), hasta que un hombre bien vestido, de aspecto empresarial, llegó en su limosina. Buscaba algo y encontró más que eso en las jovencitas, ya de apariencia burda, hediondas, desaseadas y mudas. Escudriñaba en el basurero con el fin de recuperar una reliquia familiar que había sido desechada por error. Se trataba del bastón, masturbador y regalo de su abuela, quien se lo obsequió a su hija, y ésta al hombre en cuestión. Las muchachitas estaban usando el bastón como juguete sexual, aunque, naturalmente, de manera inconsciente; aún tenían una mente virgen. El hombre miró en ellas lo que nadie, y por su talento las acogió.
El plan de este señor era poco caritativo y por demás ambicioso. Su objetivo era que las cuatro trabajaran en el prostíbulo que había creado recientemente. Las llevó al negocio y asignó a cada acogida con una prostituta diferente, que se encargaría de bañarlas y prepararlas para el trabajo, no sin antes habérselas presentado al hombre, quien identificaría sus cualidades y las situaría en determinada área del prostíbulo. Una vez arregladas y expuestas ante el señor, no se reconocieron, el cambio fue total, y como las cuatro ocultaron su pasado, jamás supieron de sus hermanas, aunque trabajaban en el mismo negocio. Tomaron demasiado bien esta oportunidad y ahí pasaron el resto de su vida.
Lo único que de aquella familia quedó, fueron la hamaca y los dos árboles, que no volvieron a tener hojas, que vivían en un eterno final de otoño, en el basurero, en la ciudad.



2 comentarios:

Carina Felice dijo...

Genial, super.
un abrazo!

Ghostyaya dijo...

buena historia, n.n
yo tuve la primicia jojo!!

sigue de imaginativo agente K..XD

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Edgar Hernández. Tecnología de Blogger.