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2010-02-22

· El amigo de Killer

Ya decía yo que un amigo había de conseguirme.
Su nombre es Coby y sí, es un perro. ¿Qué cómo le conocí? Pues un amigo nos presentó… no aguarda, él fue mi vecino.
Llegó a la casa aledaña en aquella época en que las chicas de la 15 adoptaron una perra callejera y luego todos querían tener su mascota. Y sucedió, cada vez llegaban más perros, unos más feos que otros, aunque no callejeros, a la privada. Catherine, mi vecina, pues quiso el suyo, y a su gusto, escogió un perro genial. Era entonces un cachorrito blanco, gordito y de pelaje chino, encantador como el mío y de ahí que le ame. (Eso luego se convertiría en frecuentes parangones entre cualquier perro y yo). Pero entonces no éramos amigos.
Creció rápido, aunque recuerdo cómo corría de pequeño, aventando las piernas en todas direcciones, como si se las estuvieran jalando… parecía vaca. No supe cuándo fue un perro mayor, pero para mí, su etapa de cachorro terminó ya que le miré correr bien. Es elegantísimo, tanto cuando corre cómo cuando camina. Como perro refinado de parís, con destreza y apenas levantando las patitas, como si patinara sobre hielo. ¡Y luego su pose de descanso! Me recuerda a la Gran Esfinge de Egipto combinada con las patas traseras de una rana (ver imágenes para darse una idea).
Sí, pero aún no éramos amigos. Hasta ese entonces era el perro bonito de la privada que ladraba a los de la basura y el agua. Luego llegó a la edad en que su cuerpo sufría cambios y se puso ganoso, y por alguna razón, amarró con su fogosidad a mi pierna derecha. Sí, la derecha, aún lo recordamos, recordamos aquellos ojos lujuriosos y los movimientos de contracción de su cadera. Mi en aquel entonces casta pierna, que se había conservado, sufría petrificada; y yo, pues yo me moría de risa. La escena era bastante graciosas, pues el perro, agarrado de mi pierna con sus patas delanteras y las traseras en el suelo, fluctuaba su miembro hacia atrás y adelante si que este llegase a tocar mi pierna, quedando pseudo-desvirginada y mis ojos llorosos de la risa, y el perro, pues siguió ganoso, incluso días adelante.
Sin darme cuenta, nuestra relación se originó luego de eso.
Sucedió que mi mente de padre, de padre de mis piernas, debido al atrevimiento de Coby, quería que éste desposara a mi pierna derecha. Eso si queríamos evitar que nuestra reputación no se viera afectada dentro de nuestro círculo social. De modo que, cuando Catherine le dio a Coby un oso de peluche prostituto con el cual satisfacer sus deseos libidinosos, mi pierna se moría de celos y yo de coraje. “Es tan sólo un peluche cualquiera”, pensamos, y le dejamos. Luego nos llegó con que ya tenía descendientes.
En conspiración furtiva contra mi pierna y yo, la familia Arredondo Carrión –los dueños de Coby–, prestaron los servicios procreadores de Coby a la perra que tenían los habitantes de la 7. Figúrense que yo no lo supe hasta toparme con Mitch, la hija de Coby que los Arredondo Carrión conservaron, una de tantas que aquella perra tuvo. Pues ya sabrán qué celos de mi pierna y qué furia la mía. Rompimos relaciones.
Y luego nos hicimos amigos.
Inició nuestra amistad cuando mi madre comenzó a vender hielitos. Yo los comía sentado frente a la casa de mis vecinos, y Coby llegaba y ya saben cómo son los perros, que todo quieren. El caso es que el final le di poquito. Y así la siguiente vez, y la siguiente, y las demás. Cualquier cosa que comiera le compartía. Cuando en mi casa comíamos algo que dejara sobras de carne o huesos, yo se los daba. Incluso hubo ocasiones en los que olía cuando comía, ya que yo me sentaba con mi plato en el escritorio del computador, que está junto a la ventana, que estaba rota. Entonces arañaba la ventana y yo pues tenía que compartirle. Entonces empezó a seguirme, aunque no trajera comida. Incluso me obedecía más a mí que a sus amos, quienes me hablaban para que le hablara.
Desde entones siempre ha estado ahí. Luego me mudé a dos privadas. Cuando pasaba por la suya y me veía, me seguía hasta mi casa y entonces lo alimentaba, de hecho lo introducía a la casa a escondidas de mi madre (sshhh, odia a los perros). Al tiempo, empezó a visitarme sin haberme visto. Algunas veces, al salir por la madrugada hacia la escuela, cuando abro la puerta, ahí está, y me acompaña a tomar el camión. También me acompaña algunos días en que camino por el sobrerruedas. Una vez siguió por cuadras un camión que yo tomé, eso fue muy romántico. Otra vez brincó al interior del auto, por la ventana al lado del asiento en que yo iba, y también fue muy romántico. Y ya porque si no lloraré.

Es nuestra historia sintetizada :3


5 comentarios:

Carina Felice dijo...

un dia me va a matar mientras te leo. Sos increible!Abrazos Kappie!

Ghostyaya dijo...

awwwww que lindo♥!
y lo mejor es que la pierna se encuentra bien.. (espero)
deja fluir las lagrimas, hombre!
(kiero un perrito T_T)
saludos y k linda historia..xD

Elyam dijo...

Buen post, me gusto mucho.
Un beso...

Kamila dijo...

Yo una vez tuve una relación con un pollito, jamás fue tan sexual... Espero se encuentre bien esa pierna.
Besos!

Camaleona dijo...

Espero que mis hijos no metan a estos amigos en casa a escondidas de mamá... que los animales de lejos muy bien, pero dentro de casa ¡¡ni hablar!!

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Edgar Hernández. Tecnología de Blogger.