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2010-02-15

· La muchachona que hedía una chingo [la otra parte]


Sentadas en la arena y mirando el atardecer perfecto con el que inicia una amistad, charlaron y comieron galletas y todos esos distintos tipos de panes que Diana llevó. El motivo por el que no cedió ante el hedor de Heidi es que pensaba lo suficientemente poco y algo tan superficial como eso no entraría en su mente. Según la habilidad de Heidi, los únicos pensamientos que incurrían en Diana eran “¿qué comeré?”, “¿habrá vida en otro planeta?” y frecuentemente analizaba de forma minuciosa las diferentes teorías de la relatividad. Por lo demás se despreocupaba mucho, y era esa la razón de haberse pinteado las clases aburridas de la escuela hoy, ayer, la semana pasada y otras tantas ocasiones, tras lo cual iba por alimento a la panadería de sus padres y comía en la playa tal como hoy: tendía en la arena un mantel blanco de rayas rojas, sobre este ponía todas las piezas y un letrero que decía “Si eres un extraterrestre, te invito a comer pan conmigo”. Creía que, como ella, nadie podía resistirse. Hasta hoy, lo único que ha conseguido es a Heidi, que estaba muy entusiasmada con su primera mejor amiga.
Esa tarde quedaron de verse al día siguiente donde se toparon por vez primera. Tras una semana de eso, Heidi habló con sus padres y los convenció de registrarla de nuevo en la escuela en que iba su amiga. Y así fue.
En su primer día de clases sólo compartió tiempo con Diana, pues los demás le rechazaron como siempre. Al salir de la escuela, fueron a la panadería y después a la playa. Diana comía pan sin pensar y Heidi se preguntaba por qué todos no eran como ella. Ahora se atrevió y, con fines de encontrar solución a su problema, preguntó a Diana por qué a ella no le molestaba su Hedor.
―¿Hedor? ¿Cuál hedor? ―preguntó indiferente.
Heidi se ondeó, pues no se hace a la idea de que, primero, no le molestara su olor, y segundo, ni siquiera se había percatado de este.
―Sí, hedor. Mí hedor. ¿Acaso no lo has olido? ¿Careces de olfato?
Diana se volteó hacia el cielo y comenzó a olfatear curiosa. Luego de unos segundos su nariz dejó de buscar.
―Ah. Ese olor. No, no lo había olido.
―¡¿Cómo?! Pero si todos lo huelen a metros de distancia y se alejan de mí. ¿Cómo es que tú, que has estado a mi lado estos días, no lo había olido?
―Oh. Por eso se alejan de ti… ―razonó y se quedó en blanco. Luego, al volver en sí, le explicó.
Diana, amante de la comida, sólo reacciona ante los olores necesarios: los de comida. Claro, el hedor de Heidi nació de la mezcla de varios productos comestibles, pero no olía a ninguno de ellos, sino que formaron un olor único. Nuestra muchachona hodorosa planeaba que los demás hicieran lo que su amiga, pero ahora le parecía imposible. Mientras Diana seguía comiendo con los ojos atentos a la mitad del sol aún visible, Heidi estaba desesperanzada.
―Los panes huelen rico ―enunció, mientras acercaba el último panecillo a su nariz. Al olerlo, prosiguió:― Recién horneados tienen un aroma exquisito.
―¿Qué dices? ―cuestiona Heidi de nuevo ondeada.
―Quizá podamos reemplazar tu olor por el de pan.
Fue cuando le explicó que, si el olor se refugió en su cuerpo al nacer, debía hacerlo de nuevo y en un lugar con otra esencia. Debía, pues, renacer. De modo que pidieron ayuda a los padres de Diana, quienes con gusto aceptaron que Heidi renaciera en la panadería. La introdujeron en el vientre de harina que prepararon de la misma forma que hacen el pan, sólo que en proporción a su cuerpo, y una vez lista, fue horneada. Terminado este proceso, sacaron a la en-panada-Heidi.
Sí, ya no hedía, podía, ahora, respirar otro único olor: pan recién horneado. ¡Y olía de maravilla! Claro, era atacada por algunos animales, la gente le deseaba… excepto por aquel compañero de clases que fue movido a un aula distinta por su alergia al olor del pan recién horneado. Pero Heidi lleva consigo una canasta con gran variedad de panes del negocio de los padres de su mejor amiga –y fan número uno de su aroma– que regala, a forma de agradecimiento, a quienes le desean. Y como si poder estar con las personas fuera poco, un extraterrestre captó su aroma y ahora son tres amigos los que miran el atardecer comiendo pan.

Fin.


5 comentarios:

Kamila dijo...

Llegué por casualidad, me entretuve... Tijuana, eh? Love it!

Rogger Avendaño Cárdenas dijo...

Jajaja...y olía de maravilla!!

Saludos, Kappie.
:)
Y cómo va el clima por donde vives?
Buen post.
OK :D

Camaleona dijo...

ja, ja, ja... me encanta ese renacimiento entre harina y hornos...

iio... dijo...

waaah... ME ENCANTO!!!...inevitable-mente, tienes talento chico n_n"...y una mente a la cual imposible de evitar querer echarle un vistazo.. me encantan tus escritos, no los cambiaria x nada xD!

Anónimo dijo...

Si y entre comida, ya me dio hambre XD

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Edgar Hernández. Tecnología de Blogger.